Tres preguntas antes de decidir
Esto no requiere consultarnos. Se hace solo, con un papel, en veinte minutos — y en muchos casos es suficiente.
Primera: ¿desde cuándo lo estoy pensando?
No qué voy a decidir. Desde cuándo.
Una decisión que lleva madurando meses y llega tranquila no se parece en nada a una que apareció hace nueve días. La segunda no es necesariamente mala, pero exige una prudencia distinta.
Y hay un caso particular: si al preguntárselo aparece una fecha antigua que usted había olvidado — «en realidad esto viene de cuando…» —, esa fecha importa más que la decisión.
Segunda: ¿qué cambió justo antes de que apareciera?
Una entrada, una salida, una herencia, una mudanza, una ruptura, una persona nueva en el entorno profesional.
No se trata de culpar a nada ni a nadie. Se trata de fechar el comienzo. Muchas decisiones que parecen autónomas son en realidad respuestas a algo que ocurrió antes, y que nadie ha vuelto a mencionar.
Tercera: ¿a quién beneficia que yo decida rápido?
La más incómoda de las tres, y la más útil.
Si la respuesta es «a nadie, solo a mí, porque quiero avanzar», adelante. Si la respuesta es un nombre — un socio, un comprador, un familiar, un asesor que cobra por la operación —, merece la pena parar unos días. No porque esa persona actúe de mala fe, sino porque su calendario no es el suyo.
Qué hacer con las respuestas
En la mayoría de los casos, nada más. Verlas escritas ordena la situación, y muchas decisiones se aclaran solas en cuanto dejan de estar únicamente en la cabeza.
Si al leerlas aparece una repetición — la tercera vez que ocurre lo mismo, con otra gente y otro dinero —, entonces sí hay algo que mirar de otra manera. Y ahí, si le parece, hablamos.
Si su situación lo requiere, preséntela.
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