¿Quién conocerá mi caso?
Tony Alcalá y Patty García. Nadie más. No existen asistentes, expedientes compartidos ni terceros informados.
Dos personas, y se acaba ahí
No hay secretaría que reciba su mensaje. No hay intermediario que resuma su situación a otra persona. No hay expediente compartido, ni carpeta, ni copia.
Cuando usted escribe, lo lee la persona que ha elegido. Cuando responde, es la misma. En la segunda conversación, sigue siendo la misma.
Por qué no guardamos ningún nombre
No existe fichero de clientela. Ni registro, ni lista, ni contactos con nombre completo en el teléfono. No es una postura: es aritmética.
Todo lo que se archiva puede filtrarse algún día — por un error, por un ataque informático, por alguien que se va, por un heredero que abre una carpeta veinte años después. La única lista que nunca se filtra es la que no existe.
Quien le prometa «máxima seguridad» sobre un fichero le promete algo que no depende solo de él. Preferimos eliminar el objeto del riesgo.
Tampoco después
No publicamos testimonios. No citamos casos, ni siquiera cambiando los datos. No confirmamos ni desmentimos ninguna relación profesional, a nadie.
Sabemos lo que eso nos cuesta: renunciamos al argumento más eficaz del sector, ese «trabajé con alguien en su misma situación». Pero si le contáramos hoy el caso de otro, usted ya sabría lo que haríamos mañana con el suyo.
Lo que la web tampoco guarda
El formulario de admisión no almacena nada: abre directamente una conversación privada. No hay base de datos de solicitantes, ni siquiera de quienes escriben y no continúan.
Si su situación lo requiere, preséntela.
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