Hasta dónde llega el abogado y qué queda abierto
El trabajo del abogado termina donde una pregunta deja de poder responderse con el derecho, y lo mismo ocurre con el asesor fiscal y las cifras, con el notario y la forma de los actos, y con el médico y la salud. Cada uno responde con autoridad a una pregunta precisa, y debe hacerlo antes que nadie. Lo que queda fuera del ámbito de todos ellos es qué hará usted con esas respuestas y por qué algo se repite cuando cada pieza está en orden. Ahí empieza el trabajo de Lex Fati: cuando ellos ya han intervenido, en paralelo a lo que siguen haciendo y nunca en su lugar.
En resumen
- Toda cuestión jurídica, fiscal, notarial o de salud corresponde a un profesional, y ese profesional interviene primero.
- Dentro de su terreno, cada profesional habla con autoridad; fuera de él, su opinión pesa lo mismo que la de cualquier persona sensata, aunque suene a dictamen.
- Cuando empieza nuestra parte, cada uno conserva la suya: la validez de un contrato es cosa de su abogado, lo que afecta a su salud es cosa de su médico y la decisión de comprar o vender es cosa suya.
- Lo que queda abierto cuando todos han hecho bien su trabajo suele ser un conjunto que no encaja, una repetición o una decisión que no llega.
- Declinar lo que pertenece a otro terreno forma parte del trabajo, y lo decimos en la primera conversación, aunque la persona esté dispuesta a pagar.
En este artículo
- Lo que responde cada profesional
- ¿Por qué el profesional tiene que intervenir primero?
- ¿Qué queda abierto cuando todos han hecho bien su trabajo?
- En paralelo, nunca en su lugar
- Cada pregunta tiene su dueño
- ¿Qué hacer cuando sus asesores no coinciden?
- ¿Cómo saber si su asunto sigue siendo de su abogado?
- Decir que no también forma parte del trabajo
- Preguntas frecuentes
Lo que responde cada profesional
Cuando una situación importante se complica, casi siempre hay varios profesionales alrededor. Cada uno tiene un terreno preciso y una pregunta a la que responde mejor que nadie. Conviene tenerlo claro, porque la frontera de nuestro trabajo se dibuja exactamente en el borde del suyo.
El abogado
Su abogado le dice lo que el derecho permite, lo que prohíbe y lo que protege. Lee los contratos, los estatutos, los pactos de socios y los testamentos, mide los riesgos de cada camino, conoce los plazos y, cuando hace falta, le defiende frente a la otra parte. Su lealtad es con su causa, y por eso su mirada es necesariamente parcial: ve su situación desde lo que puede reclamarse, perderse o defenderse.
Lo que queda fuera de su encargo es decirle qué quiere usted. Puede explicarle con precisión qué ocurre si vende su participación, si firma ese acuerdo o si deja las cosas como están. La elección entre esas posibilidades sigue siendo suya, y un buen abogado es el primero en recordarlo.
El asesor fiscal
El asesor fiscal pone números a cada decisión: lo que cuesta vender ahora o más adelante, donar en vida o esperar a la herencia, reorganizar una sociedad o dejarla como está. Convierte en cifras lo que usted vive como alternativas, y a menudo descubre que la opción que parecía evidente tiene un coste que nadie había mirado.
Esas cifras son indispensables, pero no deciden. Una operación puede ser la más eficiente sobre el papel y la menos deseable para usted, y ningún cálculo le dirá cuál de las dos cosas pesa más.
El notario
El notario da forma y fe pública a los actos que deben perdurar: una compraventa, una donación, un testamento, la constitución o la reforma de una sociedad. En España es un funcionario público, no representa a ninguna de las partes y debe asegurarse de que quien firma entiende lo que firma. Con su intervención, lo decidido queda recogido en un documento público.
Por eso la escritura llega al final, aunque al notario se le pueda consultar antes sobre la forma. Cuando usted se sienta en la notaría, la decisión debería estar tomada: el notario está ahí para que quede bien hecha, no para tomarla con usted. Y saber si algo que usted firmó antes ya le obliga es asunto de su abogado.
El médico
Todo lo que afecta a su salud es terreno de su médico, que interviene antes que cualquier otra persona, nosotros incluidos. En ese ámbito, su criterio es el único que cuenta.
Cuando un profesional opina fuera de su terreno
Cada uno de ellos responde bien porque su terreno está delimitado. Cuando un profesional sale de él, como el abogado que le aconseja vender porque «ya va siendo hora» o el asesor que opina sobre quién debería dirigir la empresa, su opinión pesa lo mismo que la de cualquier persona sensata. Pero sigue sonando a dictamen. Es un riesgo discreto y conviene reconocerlo: la autoridad de un profesional le acompaña aunque ya esté lejos de su especialidad.
¿Por qué el profesional tiene que intervenir primero?
Porque sin hechos establecidos no hay nada firme sobre lo que pensar. Mientras una pregunta pueda responderse con un documento, una cifra o una consulta médica, debe responderla quien sabe hacerlo, y antes que nadie. Todo lo que se construya sobre una duda técnica sin aclarar se moverá en cuanto alguien la aclare.
Muchas situaciones que se viven como un bloqueo tienen, en realidad, una explicación técnica. Una venta de participaciones que no avanza puede depender de una cláusula de los estatutos que nadie ha vuelto a leer; una herencia que no se reparte, de una legítima que nadie ha calculado; una obra que se detiene, de un permiso cuyo expediente nadie ha revisado entero. Mientras esa explicación no se haya buscado donde corresponde, nadie sabe si queda algo más, ni usted ni nosotros.
Además, el derecho tiene su propio calendario. Los plazos legales corren con independencia de cómo se encuentre usted, y son su abogado y su asesor fiscal quienes saben cuáles le afectan y cuándo vencen. La reflexión serena tiene mucho valor; la reflexión serena mientras vence un plazo es un lujo que sale caro. Por eso, cuando alguien se dirige a nosotros con un plazo a punto de vencer, necesita a su abogado antes que a nosotros, como explicamos en por qué la prisa es una señal.
Una buena parte de las solicitudes que declinamos son exactamente eso: situaciones que todavía no han pasado por el profesional que les corresponde. Una herencia que no se reparte y que ningún abogado ha examinado todavía es un caso para un abogado. Una preocupación de salud que nunca se ha consultado con un médico es un caso para un médico. Lo decimos con claridad, también cuando la persona está dispuesta a pagar, porque aceptar en ese momento sería ocupar un lugar que tiene dueño.
¿Qué queda abierto cuando todos han hecho bien su trabajo?
Supongamos que el orden se ha respetado. El abogado ha leído los documentos, el asesor ha hecho los números, el notario ha formalizado lo que había que formalizar y el médico ha dicho lo que tenía que decir. Muchas veces eso basta, y es lo que desearíamos a cualquiera. Otras veces algo sigue abierto, y suele adoptar una de estas formas.
La primera es el conjunto que no encaja. Todo el mundo tiene razón por separado, y el conjunto no funciona. El abogado ha optimizado la protección, el asesor el coste fiscal, el notario la forma; cada consejo es impecable en lo suyo y, puestos juntos, tiran en direcciones distintas. Nadie tiene el encargo de sostener el conjunto, salvo usted.
La segunda es la repetición. Hay quien firma contratos bien redactados, con cifras correctas, y ve cómo cada sociedad termina igual que la anterior, con otras personas y en otro sector. Un buen contrato ordena las consecuencias, pero no explica por qué la misma forma vuelve a aparecer. Esa pregunta ya no está en el expediente, y la describimos en cuando un patrón se repite.
La tercera es la decisión que no llega. Las opciones están calculadas, los documentos preparados y la fecha de la firma se ha fijado y aplazado más de una vez. No falta información; si acaso, sobra. Lo que falta no puede añadirse a ningún informe, porque no es técnico.
La cuarta es el peso de llevarlo. Hay decisiones que no pueden comentarse con nadie del entorno: los empleados dependen de usted, la familia está implicada, los amigos se conocen entre sí. Su abogado le escucha con el expediente delante, como debe ser, y lo que usted siente al firmar no forma parte de ese expediente. De esa soledad hablamos en nadie con quien hablar.
Y hay una quinta, más difícil de nombrar: el sentido. Vender la empresa puede ser correcto en todas las columnas del informe y seguir siendo, para usted, el final de algo. Ningún profesional tiene esa pregunta en su encargo, y es lógico que así sea. Es exactamente el ámbito donde nuestro trabajo tiene lugar, en paralelo al de sus profesionales.
En paralelo, nunca en su lugar
Cuando una situación llega a nosotros después de pasar por sus profesionales, ellos no se retiran. Su abogado sigue llevando el asunto, su asesor sigue con los números y su médico sigue siendo su médico. Nuestro trabajo discurre al lado del suyo y se ocupa de otra cosa: no del expediente, sino de la persona que tiene que decidir.
Lo que su abogado le ha dicho sigue siendo lo que su abogado le ha dicho, con toda su autoridad. Su trabajo y el nuestro no se superponen, de modo que no hay nada que revisar ni que matizar. Si en una conversación con nosotros aparece una cuestión jurídica, fiscal o de salud, como una fecha, una cláusula o una cantidad, ese punto vuelve a quien corresponde antes de seguir.
Usted decide qué cuenta a cada uno. Lo que le resulte útil lo lleva usted mismo de una conversación a otra, sin que nadie tenga que dar permiso. La manera en que nuestro trabajo convive con el de sus asesores la resumimos también al responder si trabajamos con abogados o asesores.
Esa separación le protege. Si nuestro trabajo pudiera cambiar lo que dice su abogado, usted tendría dos voces contradictorias sobre el mismo asunto. Como nos ocupamos de otra cosa, cada voz conserva su peso.
Cada pregunta tiene su dueño
La manera más sencilla de ver el reparto es mirar las preguntas, no las profesiones. Casi todo lo que una persona se pregunta en un momento difícil tiene un destinatario natural.
- «¿Es válido este contrato?», «¿qué pasa si no firmo?», «¿qué puedo reclamar?»: su abogado.
- «¿Cuánto me cuesta hacerlo ahora o más adelante?», «¿qué estructura conviene?»: su asesor fiscal.
- «¿Cómo lo dejo por escrito para que valga y perdure?»: su notario, junto con su abogado.
- «¿Puedo seguir a este ritmo?»: su médico, antes que nadie.
- «¿Compro, vendo o conservo?»: usted, con las cifras de sus asesores delante.
Por eso hay cosas que siempre devolvemos a su sitio: decir si un contrato es válido, pronunciarse sobre lo que su médico le ha indicado y recomendar que compre, venda o conserve un bien. Es el reparto correcto, y lo aplicamos cada vez. Quien responda a esas preguntas desde fuera de su terreno le está exponiendo, por muy segura que suene su voz.
Queda una última clase de preguntas, las que no tienen destinatario en esa lista: «¿por qué vuelve a pasar?», «¿qué quiero conservar de verdad?», «¿por qué no firmo si todo está listo?», «¿cómo sostengo esto sin poder contarlo?». Que ningún profesional las tenga asignadas solo significa que no forman parte de ningún encargo técnico. Son las preguntas con las que trabajamos, en paralelo a los demás y con total discreción.
¿Qué hacer cuando sus asesores no coinciden?
Es habitual en las decisiones grandes: el abogado recomienda una vía porque protege mejor, el asesor fiscal otra porque cuesta menos, el notario advierte de un requisito de forma y el banco tiene su propia lectura. Cada uno tiene razón dentro de su competencia, y quien decide se encuentra arbitrando entre disciplinas que no domina. Es incómodo, y es normal.
Antes de arbitrar nada, pida a cada uno que diga en una frase a qué da prioridad su consejo: proteger su patrimonio frente a un riesgo, reducir el coste fiscal, ganar rapidez, preservar la paz familiar. Muchas contradicciones desaparecen en cuanto se ve que cada consejo sirve a una prioridad distinta. Lo que queda entonces es una elección entre prioridades, que es otra cosa.
Si la contradicción persiste, siente a sus asesores en la misma mesa, con usted delante. Una discrepancia técnica debe discutirse entre quienes entienden la técnica, y no le corresponde a usted traducir entre el lenguaje del derecho de sociedades y el de la fiscalidad. Si lo que le queda es una duda sobre la calidad de un consejo, la respuesta también es técnica: una segunda opinión de otro abogado o de otro asesor.
Pregunte también a cada uno dónde termina su terreno. Un buen profesional lo sabe y lo dice sin incomodidad, y su respuesta le indica cuánto peso dar a sus opiniones más allá de esa línea.
Hecho todo eso, sigue ahí la elección entre prioridades: proteger o simplificar, pagar menos o decidir antes, conservar o soltar. Ningún informe la contiene, porque depende de lo que a usted le importa. Es una de las formas típicas de lo que queda abierto, y a menudo la que más tiempo pasa sobre la mesa.
¿Cómo saber si su asunto sigue siendo de su abogado?
Hay una prueba sencilla: mire cómo empieza la pregunta que no le deja en paz. Si empieza por «¿puedo…?», «¿tengo derecho…?», «¿cuánto…?», «¿es válido…?» o «¿qué pasa si…?», pertenece todavía a un profesional, y lo sensato es llevársela a él primero. Si empieza por «¿por qué otra vez…?», «¿qué quiero en realidad…?» o «¿por qué no lo hago…?», es de otra clase. Y si esa pregunta va unida a algo que afecta a su salud, sea cual sea su forma, la primera consulta es con su médico.
Antes de dar por hecha la parte técnica, repase tres cosas. Si su asesor ha visto todos los documentos, y no solo los que usted eligió enseñarle. Si usted ha leído su respuesta entera y la entiende lo bastante como para explicarla con sus propias palabras. Y si usted le ha hecho las preguntas que le daba apuro hacerle: cuánto costará, qué ocurre en el peor de los casos, si convendría otra opinión.
Conviene también hacerse una pregunta con franqueza. A veces se busca una conversación como la nuestra para no oír una respuesta técnica que se teme: la cifra de una salida, el alcance de una cláusula, lo que dirá el médico. Esa respuesta seguirá ahí, y es preferible conocerla antes de decidir nada. Si se reconoce en esa tentación, el paso siguiente es su abogado, su asesor o su médico, y no nosotros.
Si, hecho ese examen, lo que queda es de la segunda clase y sus profesionales siguen ocupándose de lo suyo, entonces sí puede tener sentido hablar con nosotros. Las tres preguntas antes de decidir son una buena manera de ordenarlo antes, a solas y con un papel.
Decir que no también forma parte del trabajo
Todo lo anterior tiene una consecuencia práctica: en Lex Fati declinamos una parte de lo que nos llega, y lo hacemos a conciencia. Aceptar un asunto que pertenece a otro terreno le haría perder tiempo y dinero.
Un profesional que acepta cualquier encargo no está siendo generoso: está pensando en facturar. En un ámbito como el nuestro, aceptarlo todo es la primera señal de alarma, y remitir al médico o al abogado cuando el asunto es suyo, una de las señales que describimos en cómo reconocer un trabajo serio en este terreno.
Todo empieza con una conversación por WhatsApp o por teléfono con Tony Alcalá o con Patty García. En ella no se decide nada sobre su asunto: se decide si es asunto nuestro. Si pertenece a un abogado, a un asesor o a un médico, se lo decimos así, nombrando el terreno. Si es nuestro, antes de empezar queda acordado qué haremos, durante cuánto tiempo y por qué importe cerrado, como se explica en la respuesta a qué ocurre antes de aceptar un caso.
Lo que no cambia en ningún caso es el reparto. Su abogado sigue siendo su abogado, su asesor su asesor y su médico su médico, y la decisión sigue siendo suya.
Preguntas frecuentes
¿Puede una consultoría privada sustituir a un abogado o a un médico?
Nunca. Su abogado, su asesor fiscal, su notario y su médico siguen a cargo de su ámbito antes, durante y después de cualquier conversación con nosotros. Nuestro trabajo empieza cuando ellos ya han intervenido y discurre en paralelo al suyo, ocupándose de otra cosa: lo que queda abierto una vez hecha la parte técnica. Si su situación todavía no ha pasado por el profesional que le corresponde, se lo diremos en la primera conversación.
¿Tengo que decirle a mi abogado que les consulto?
Es una decisión suya, y las dos opciones son legítimas. Nuestro trabajo no interfiere en el de su abogado, porque se ocupa de otra cosa, y no necesita su intervención. Si en la conversación aparece un plazo, una cláusula o un documento, le pediremos que lo consulte con él antes de seguir. Por nuestra parte, su consulta queda entre usted y nosotros dos.
¿Pueden decirme si debo firmar un contrato o vender mi empresa?
No; esas preguntas corresponden a sus profesionales y a usted. La validez y las consecuencias de un contrato las examina su abogado; el coste de vender, esperar o conservar lo calcula su asesor fiscal; y la decisión final es suya, con esos datos delante. Lo que sí podemos examinar con usted es otra cosa: qué le impide decidir cuando los datos ya están, qué se repite en su historia o qué pesa en esa elección más allá de las cifras.
¿Qué hago si mi abogado y mi asesor fiscal me dicen cosas distintas?
Pida primero a cada uno que explique a qué prioridad sirve su consejo: la seguridad jurídica, un menor coste fiscal, la rapidez. Muchas contradicciones son, en realidad, prioridades distintas. Si la discrepancia es técnica, pídales que la discutan entre ellos, con usted presente, o busque una segunda opinión profesional. Cuando todo eso está hecho, lo que queda es decidir qué prioridad va primero, y esa decisión depende de lo que a usted le importa.
¿Qué ocurre si durante la consulta surge una cuestión legal o médica?
Vuelve a su profesional antes de seguir. Si aparece un plazo, una cláusula, una cifra que nadie ha revisado o cualquier cuestión de salud, lo señalamos, y ese punto pasa a su abogado, a su asesor o a su médico, que es quien debe verlo. Nuestra conversación continúa sobre lo que nos corresponde, y la suya sobre lo suyo. El orden correcto no cambia porque el trabajo ya haya empezado.
Si su situación lo requiere, preséntela.
Solicitar acceso